miércoles, 26 de mayo de 2010

El halcón peregrino

En lo alto de una escarpada ladera, el halcón abre los ojos. Sus patas heridas vuelven a sostenerlo, su tiempo de obligado reposo ha acabado. Se acerca al borde del precipicio, abre las alas y echa a volar. Al principio le cuesta, pues sus heridas aún no han cicatrizado del todo, incluso cae algunos metros hacia la oscuridad que se cierne bajo él, pero consigue remontar el vuelo. Suave y grácilmente, el halcón se alza hacia las estrellas, con el rumbo fijo al Norte.

Tras unos minutos, llega al lugar de su última desgracia. Posado en las ramas de un pino, clava los ojos en el lugar en el que fue derrotado. No ve a su adversario por ningún lado, parece haber abandonado el lugar en busca de otras presas. En buena parte, el halcón se alegra, aún no está totalmente preparado para enfrentarse a él. Resignado, vuelve a los cielos, siempre al Norte. Le encanta notar la caricia del viento en sus plumas y ver los primeros destellos del Sol reflejados en su pico, y piensa: "Pase lo que pase, mañana siempre amanecerá".

Fragmento de "Diarios ornitológicos"D.A.X.

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