lunes, 11 de enero de 2016

Carta a la Luna

¿Quién me iba a decir que, volviendo de mi estéril búsqueda, cruzando el desierto con los pies cansados y el corazón dolorido, iba a encontrar una cura a mi mal en un pequeño oasis repleto de jaleo y ruido? “No es posible”, pensé al verte, “no puede existir algo tan majestuoso en un cielo tan pequeño; la belleza sólo existe en la erráticas fugaces, estrellas caprichosas, a años luz de mi patria y mi entendimiento”. ¿Qué haces tú aquí, Luna, iluminando las cicatrices de mi alma? ¿Qué has hecho con la roca que moraba en el pectoral de mi armadura vacía? ¿Cómo la has trocado por la ilusión y la esperanza del que espera ser esperado?

Sin darte cuenta, me hacías acompañar al sol en cada amanecer para contemplar sin más testigos el hermoso paisaje de tu rostro dormido, tranquilo y perfecto, que alarga en un instante hasta la eternidad la dulce agonía de este pobre iluso sin valor suficiente para extender el brazo y tratar de rozar a un ángel. Y tu primer movimiento era correspondido por mi fingido sueño, no fuera a ser que encontrara en tus ojos la ira o el miedo, el lógico rechazo que siente lo divino ante la intrusión de lo profano. Y cada noche, una oración susurrada, el ansia extrema de que tu descanso cayera junto a mí, el esfuerzo por aguantar despierto para convertirme en el último ser de todos los mundos que te desea dulces sueños, Luna, los mismos que tu luz a mi me depara.