martes, 9 de febrero de 2016

Un día normal

Era un día normal. Las madres madrugaban para dejar la comida hecha antes de ir a trabajar mientras sus hijos apuraban los últimos minutos entre las sábanas antes de ir al colegio. Fuera, una jauría de coches atestaba las calles, rumbo a fábricas y oficinas, esquivando la multitud de camiones y furgonetas aparcados en doble fila, esperando a que sus conductores terminaran de repartir mercancías de todo tipo a todo tipo de comercios. 

En los bancos, se formaban largas colas para pagar recibos o reclamar comisiones cobradas por la espalda; entretanto, los debates surgían por doquier: del tiempo en las panaderías, del fútbol en los bares, de Telecinco en las peluquerías y de política en la Cuatro y en la Sexta. Facebook y Twitter bullían de actividad mientras el silencio reinaba en cada autobús urbano y Whatsapp atentaba contra la intimidad individual con un simple pero malévolo tick azul.

Los alumnos inventaban excusas para sus deberes sin hacer mientras los profesores caían derrotados ante la montaña burocrática que les impedía enseñar e ilusionar. Los mendigos ocupaban sus lugares habituales, en las puertas de los supermercados o revisando contenedores, mientras que, en algún lugar, una docena de ineptos sin mayor beneficio convivían en una casa, exponiendo su intimidad según el guión marcado por la productora, sujetos voluntarios de un experimento soicológico que lleva tomando el pelo a nuestra sociedad más de quince años. Y en Antena3, los Simpsons, inmortales a pesar del cambio generacional.

Parecía un día normal, pero todo había cambiado; porque el emperador había vuelto a su trono.